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8 de febrero de 2009

Regalo de Reyes

También conocí a P. a través del portal. Un par de mensajes bastaron para generar interés de forma bilateral. Cuarenta y dos años aparentando mínimo diez menos, profesora de secundaria, muy culta, divertida, algo alocada... deliciosa. Enseguida hablamos por videoconferencia y la sintonía era evidente. Demasiado evidente, de otra forma no hubiésemos llegado a los niveles de intimidad a los que llegamos. Qué calentones. Los dos sabíamos lo que pasaría cuando nos viésemos por primera vez, y no nos equivocamos. Era el día de Reyes, quedamos en una céntrica cafetería, y para cuando nos fuimos a comer a una pizzería el repertorio de besos que nos habíamos dado era digno de un catálogo.

Al terminar de comer nos quedaba toda la tarde por delante, hasta la hora en que su ex le devolvía al niño, y no hizo falta discutir demasiado sobre la idea de irnos a su casa. Es que hacía frío y no nos apetecía pasear... 

Nos regalamos una buena sesión de sexo, muy buen sexo, todo hay que decirlo. P., además de todas las virtudes de las que he hablado, es una amante estupenda, y yo, por mi parte, a pesar del desentreno, creo que dejé el pabellón a una altura más o menos digna.

26 de enero de 2009

¿Quedamos o no?

M.M. contactó conmigo a través del portal ya referido, diciéndome que llevaba muy poco tiempo en España y apenas conocía a nadie. Es española, pero ha pasado casi toda la vida en un país de América del Sur, a orillas del Caribe, separada, hijos, treinta y dos años, y muy guapa. Carácter muy fuerte, pero con esa dulzura típica de las mujeres de por aquellas latitudes; me dice sin cortarse que se fijó en mí por la sonrisa que luzco en la foto del perfil. Enseguida empezamos a chatear, y es ella la que conecta la cámara sin previo aviso, mostrando un agradabilísimo rostro y risas francas.

El día antes de vernos charlamos unas dos horas por teléfono, descubrimos muchas cosas en común y la buena sintonía era evidente. Estamos a 30 de diciembre. Tomamos un café y luego dimos un paseo por el centro de la ciudad; demostrando mis dotes de cicerone, la ilustré lo mejor que supe sobre las costumbres típicas, ya que se preparaba una de las fiestas más importantes de la ciudad cuyos orígenes se remontan al siglo XIII. La beso cuando se gira hacia mí después de explicarle el proceso de rehabilitación de un edificio, y me corresponde con maestría.

La acompaño caminando hasta su casa, y quedamos en llamarnos para cenar el sábado siguiente. Y a partir de ahí surgió el primer desencuentro de la recién estrenada relación. La llamé un par de veces para concretar la cita, y en ambas me cortó enseguida porque estaba ocupada. Siguió un sms para que lo pudiese leer tranquilamente y me respondiese cuando pudiera, y recibo un email diciéndome que no le gustaba que la controlasen. Pero si sólo quería confirmar la cita que teníamos... Así se lo hago saber, y pasan un par de semanas hasta que un día me llama por teléfono. Pero para entonces ya había conocido a P.