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25 de enero de 2009

Lección de humidad

Me siento un gusano. Yo no sabía nada,  pero eso no justifica que, en contra de lo que pregono constantemente, me haya precipitado haciendo juicios de valor.

N. me acaba de contestar a uno de los mensajes que le dejé. La han operado, ha estado ingresada una temporada, y ahora se está recuperando en casa de una amiga. Yo tendría que someterme a otro tipo de intervención, una prejuicitistectomía, o algo así.

22 de enero de 2009

A ¿rematar?

A todo esto, estamos a mediados de diciembre, que creo que no me había ubicado temporalmente todavía. 

N. y yo seguimos chateando de vez en cuando, sin hacer referencia explícita a nada que tuviese que ser terminado ni concretado ni culminado, pero con ese algo en el ambiente que indica que la cosa va bien. Volvemos a quedar, con un plan similar al anterior, tapas y bar con música en vivo. La recojo, un piquito, y lo pasamos estupendamente entre risas, música, copas y algún que otro beso. Pienso que esta vez sí, como pensaría cualquier hijo de vecino, ¿no? Que creo yo que sería retorcido pensar que esa noche también dormiría solo, ¿verdad? Vale. 

Van a cerrar el bar y nos vamos. Mientras vamos hacia su casa -fijaos que no digo "la llevo a su casa", que sería lo raro- mi fantasía vuela de tal forma que no consigo concentrarme en el camino de vuelta, y me paso de salida.  Qué fiestorro me espera. Llegamos a su casa, y esta vez se queda en el portal en actitud de despedida. Tranquilo, no pasa nada, pienso, mientras me sale un chorro de testosterona por una oreja. El próximo día, intento convencerme. Y cuando la voy a besar para despedirme, va y me suelta: "Somos amigos, no te confundas". ¿Cómo? Perdona, bonita, la que me confunde eres tú. No se lo digo, claro. Le contesto que "ya lo sé, naturalmente que sí". Mis estrógenos inician una revuelta, pero los controlo mandándoles a los antidisturbios, que ya estaban en la glándula prestos para la acción. Situación controlada. Ciao, bombón, te llamo. Ok, sielo, cuando quieras.

Ni me ha vuelto a contestar un sms, ni una llamada, ni en el msn. Eso sí, me mandó un mensaje felicitándome el año nuevo. Sólo le faltó decirme: "también me acuerdo de los pardillos". Pero para entonces ya había conocido a M.M.

20 de enero de 2009

Empiezan los contactos virtuales

Conozco a N. a través del portal de internet. Me atrae mucho por ser negra, y es que no oculto mi debilidad por las mujeres morenas, morenitas, muy morenas, oscuras… me pierden. No en vano mi segunda mujer es mulata, brasileña, como N. Me aprovecho de mis aptitudes lingüísticas con el portugués para intentar camelarla, y enseguida intercambiamos msn’s. Durante la primera charla me da su teléfono y quedamos par salir.

Cuarenta y dos años en un cuerpo de veinte, alegre, con carrera universitaria. Parece que conectamos bastante bien. La llevo de tapas y luego a un bar con música en vivo, donde le robo un beso. No sólo me corresponde, sino que me mete la lengua hasta donde le da de sí, y mis hormonas se montan una fiesta de órdago porque ya hace varios meses que no me como un rosco.

La acompaño a su casa y bajo del coche para lo que suponía que iba a ser una despedida en el portal, pero sube las escaleras sin decir ni media y entra en su casa, y yo detrás, claro. Se repantinga en el sofá, se quita las botas, y hago lo que se supone que seguiría en un guión con un mínimo de sentido: atacar. Muy bien, se deja hacer, yo cauteloso, pasito a pasito, sin ir más allá de besarla y acariciarla por encima de la ropa, esperando señales, como un campeón, hasta que en una pausa me dice que ya me puedo ir a mi casa. Por mí perfecto, pienso que ha sido un buen comienzo y que ya terminaremos lo empezado otro día, y tiro para mi casa con un calentón del quince, pero feliz como una perdiz.