Llamé a V. unas semanas después de volver de donde estaba viviendo, en América, tras separarme. Habíamos tenido un affaire hacía una temporada, una aventura extramarital que no fue más allá de eso. Yo iba a estar de Rodríguez durante más de dos meses y pasando una crisis bastante importante con mi pareja, y sabía que era una apuesta segura llamarla para quedar; de hecho fue ella quien me pidió el teléfono en su día.
No había vuelto a saber nada de ella, pero la recordé muchas veces después. Si no hubiese estado comprometido, creo que habríamos tenido futuro. Me gusta mucho. Vive sola, nunca se ha casado ni tiene hijos. Treinta y ocho años, alta, delgada, rubia, ojos azules, y una sonrisa angelical. Quedamos para tomar café, y me dijo que en esta ocasión no tenía claro si iba a ser tan receptiva como en nuestro primer encuentro. Fui todo lo cauteloso que pude, y sólo le di un piquito cuando nos despedimos.
Fuimos al cine una segunda vez, y le dejé claras mis intenciones, que no veía en ella en un pasatiempo, que me gustaba de verdad, y que me gustaría que me diese una oportunidad. Me dijo que si hubiese sido en sus circunstancias personales de la etapa en que estuvimos juntos, estaría dispuesta, pero que ha pasado el tiempo y las cosas han cambiado. Paciencia. Le dije que no me iba a rendir, dejaré transcurrir un tiempo y volveré a la carga si no encuentro nada mejor, cosa difícil. Me gusta mucho. Mantenemos el contacto de vez en cuando por email o sms.
¿He dicho que me gusta mucho?
